miércoles, 10 de marzo de 2010

Te recuerdo, Chile (I): alocado y frenético viaje


Comenzaba el mes de diciembre y en Europa ya hacía frío. El viaje estaba previsto desde hacía algunas semanas, pero de todos modos, como es habitual en mi, no preparé el equipaje hasta el día de la partida y como consecuencia de ello casi llego tarde al aeropuerto, algo que, como comprobé poco después, no hubiera importado demasiado.


Lo previsto inicialmente era volar a París, de allí a Buenos Aires y, finalmente Santiago de Chile, cosas de la economía. Sin embargo, la climatología provocó un retraso que más tarde se convirtió en cancelación, dando al traste con mis planes y dejándome con una mezcla de impotencia y resignación. Cuando ya veía medio viaje perdido, a última hora la compañía consiguió reubicarme en un vuelo directo Madrid-Santiago de Chile. Una de las grandes ventajas de viajar solo es la flexibilidad de la que gozas en contingencias como esta.

El avión iba lleno, el vuelo era tremendamente largo, y suelo ser incapaz de dormir en tales circunstancias. A pesar de ello se me hizo muy ameno. La mayor parte del trayecto la pasé en la parte posterior del aparato, donde se suele instalar un autoservicio de bebidas, charlando al principio con las simpáticas y jovencitas azafatas, y después con un joven chileno que regresaba a su país desde Nigeria y con una anciana argentina que vivía en Israel. Siempre es interesante intercambiar anécdotas de viajero.


Cuando llegué al aeropuerto Arturo Merino Benítez iba preparado para armarme de mucha paciencia. Mi anterior viaje a Latinoamérica había sido a Venezuela y todavía recordaba vívidamente el caos del aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía. Para mi sorpresa, los trámites fueron realmente ágiles y eficientes. Recuerdo que, el oficial de inmigración reparó en mi visado japonés y me despidió con un simpático “arigatou Charlie”. Comprendí que en este país debería abandonar todos mis prejuicios, si es que todavía conservaba alguno.

Lo previsto inicialmente era que mi gran amiga Antonia, a quien había conocido en España nada menos que 7 años antes, fuese a recogerme al aeropuerto. Sin embargo, debido a la cancelación del vuelo original y la reubicación en uno más directo, había llegado a Chile 3 horas antes de lo previsto. Mis intentos de comunicarme con mi amiga por vía telefónica fueron totalmente infructuosos, su teléfono móvil no daba señal y mi emoción inicial se estaba transformando en inquietud e incertidumbre. En aquel momento me encontraba solo en un país extranjero, sin grandes planes y con una guía de viaje que apenas había podido ojear y una dirección como únicas referencias.


No me lo pensé mucho y tomé el autobús más barato para transportarme al centro de la capital. Una vez allí no fue difícil determinar la línea de metro más conveniente para llegar a mi destino. Tras un pequeño paseo callejeando con mi mochila a la espalda y mapa en mano cual turista despistado, conseguí ubicar el edificio donde residían mis amigas.

Recuerdo la perplejidad dibujada en el rostro del portero del edificio al presentarme ante él. Supongo que mi aspecto no era el más decente después de una jornada de prisas, aeropuertos, nervios, insomnio, caminatas, jet-lag y tránsito de un frío otoño a una tórrida primera.

- “Buenos días señor, ¿qué desea?”
- “Buenos días, me dirijo al apartamento de las hermanas Ríos” (y rezando para que hubiera alguien en casa).
- “¿Y a quién debo anunciar”
- “Al Rey de Siam-eso fue un pensamiento, pero me mordí la lengua- a Charlie MarloW”
- “Muy bien, un momento […] listo, puede subir. Es usted español, ¿cierto?”
- “En efecto. Muchas gracias y que pase un buen día”
- “Gracias a usted, y que el Villarreal salga campeón de Liga” (¿???)

Mi amiga me abrió la puerta todavía en pijama, somnolienta (era un sábado por la mañana) e incrédula. “¡¡¡Bienvenido a Chile!!!”

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