Recuerdo mi época de instituto, en general, con cierta frustración. Desde la perspectiva que me otorga el paso del tiempo, me veo por aquel entonces como una persona excesivamente aprensiva respecto al futuro, como si me hubiera cargado con una responsabilidad impropia para mi edad. Creo que debí haber sido un poco más hedonista y disfrutado de mi juventud sin pensar en nada más, como hacían la mayoría de mis compañeros.Por otro lado, aprender era para mi el paraíso. Me gustaba aprender por aprender. Algunos de mis profesores no eran muy buenos enseñando, y en algunas materias tuve que convertirme en autodidacta. De otros profesores guardo un buen recuerdo más que por sus capacidades pedagógicas, por su valor humano. Esos profesores que te marcan y que, cuando evocas aquella época, no puedes evitar recordarlos con una sonrisa. Uno de ellos es Fran, el profe de dibujo.
No se puede decir que Fran fuese un gran pedagogo. Al menos no fue lo suficientemente bueno para que yo llegase a comprender y dominar los entresijos del dibujo técnico. No obstante, en su defensa debo reconocer que desde mi más tierna infancia mi talento y habilidad para cualquier tipo de trabajo manual han sido siempre nulos. Soy un amante de la ilustración, y uno de mis sueños recurrentes es haber llegado a dibujar mi propio cómic, pero he tenido que conformarme con ser un simple aficionado.
Por encima de su capacidad docente, es innegable que este profesor dominaba sobradamente la materia que impartía. Animado, o quizás presionado por su familia, se gradúo en la durísima carrera de Arquitectura, la cual apenas llegó a ejercer, renunciando a ganar una buena cantidad de dinero al amparo del boom inmobiliario. Liberado de la tiranía de la codicia, coqueteó con el teatro y trabajó como ilustrador para multitud de publicaciones. Semejante currículum es más que suficiente para ganarse mi más profundo respeto.
Como en este país, por desgracia, el arte rara vez da de comer, tuvo que combinarlo con la docencia, un trabajo que, según confesaba, le resultaba muy gratificante, aunque yo creo que no tanto por la enseñanza en sí, sino porque esta especie de “niño grande” se sentía más a gusto entre un grupo de muchachos en plena edad del pavo que entre responsables adultos de su edad. Eran inolvidables los “partidillos” de fútbol semanales que organizaba al salir de clase. Su determinación convencía para quedarse a jugar hasta las tantas incluso a los más alérgicos al deporte, como yo o mi amigo Javi. Recuerdo que, tras el partido nos acercaba a casa en su coche. En ocasiones en mitad del trayecto se bajaba a comprar tabaco, en camiseta sudada y pantalones cortos, sin importarle que fuese una noche de pleno invierno. En alguna ocasión me lo encontré patinando cerca de la playa, o cantando con su grupo de rock en un festival de barrio.
Años después de abandonar el instituto, recibí una llamada de mi amigo Javi. Se había enterado por los periódicos de que El Profe acababa de publicar su primer cómic y lo presentaban esa misma tarde en un centro comercial. Allí nos presentamos y al momento nos reconoció. Conservo como oro en paño ese cómic, “Cita na Habana”, con la dedicatoria que me hizo: “para mi amigo Charlie, en recuerdo de los partidillos de fútbol y las (áridas) clases de dibujo.”
Cita na Habana recupera el sabor del mejor cómic clásico europeo. Narra los avatares de Maxi Torres, un intrépido joven que por algún motivo sentimental, se alista voluntario para la Guerra de Cuba. Este carismático y romántico personaje tiene mucho en común con el eterno Corto Maltés y, por que no, con el propio autor de la historia.

Las aventuras de nuestro héroe, o como prefiere definirlo el autor, antihéroe, continúan en “Campos de Cuba” y concluyen en “Terra Libre”, conformando una magnífica trilogía. Una manera inmejorable de culminar el sueño de El Profe: llegar a crear su propia historia.




