miércoles, 24 de febrero de 2010

Vidas intensas, muertes gloriosas: Percy Fawcett


El Coronel Fawcett nació en Inglaterra en 1867. Su padre, miembro de la Sociedad Real de Geografía, le transmitió su amor por la aventura y las exploraciones.
Desde muy joven se enroló en el ejército, siendo destinado a Ceilán (donde conoció a su mujer) y al norte de África.
En 1906 llega por primera vez a Sudamérica, al mando de una expedición encargada de delimitar las fronteras entre Bolivia y Brasil. Durante tres años sufren el hostigamiento de tribus hostiles y peligrosos animales, atraviesan la naturaleza salvaje, sufren accidentes, padecen hambre, etc. Los relatos de estas expediciones inspirarían a su amigo Arthur Conan Doyle para escribir El Mundo Perdido.
Fascinado por Sudamérica, abandona el ejército renunciando a una vida cómoda en Europa, al considerarlo un continente en decadencia sin nada que ofrecerle, y prosigue con las exploraciones financiándolas por su cuenta o con el patrocinio de diversos periódicos.

En total encabeza siete expediciones a la zona, entre 1906 y 1924, con un breve paréntesis para combatir en la I Guerra Mundial.

En Brasil recopila diversos relatos y leyendas de antiguos exploradores, así como cerámicas y otros objetos arqueológicos de procedencia desconocida. En especial se interesa por la experiencia de un tal Francisco Raposo que relata que en 1743 tuvo acceso a una Ciudad Perdida cuando se encontraba con sus hombres buscando las minas perdidas de Muribeca. Fawcett cree firmemente la existencia de dicha ciudad, a la que denomina “Z”, una convicción que llegará a convertirse en obsesión.

Tras varias expediciones fallidas, en 1925 organiza la que sería la última. Se interna en el Mato Grosso acompañado entre otros por su hijo mayor Jack, y un amigo de éste, Raleigh Rimell. Consciente de los peligros que afrontarían, dejo dicho que si no regresaban no debería enviarse ninguna otra expedición de rescate.

El 29 de mayo de 1925, desde el campamento bautizado Caballo Muerto en el Mato Grosso, Fawcett enviaría un postrero mensaje a su esposa. Despidieron (con sus cartas) a los porteadores que les habían ayudado hasta allí y se adentraron solos en territorio desconocido. Eso fue lo último que se supo de ellos, ya que desaparecieron en la selva y nadie más les volvió a ver de nuevo. Un final GLORIOSO.

Contrariamente a los deseos del Coronel, durante los próximos años se organizaron numerosas expediciones de socorro, sin resultado alguno. Muchos de estos expedicionarios también desaparecerían en extrañas circunstancias. El destino de los exploradores se convierte en leyenda. Surgen rumores que hablan de un anciano blanco errante por las selvas, o de indios blancos descendientes de europeos. Otros aseguran que fueron asesinados por los indios calapos, o bien hechos prisioneros por otras tribus. Los más fantasiosos afirman que el Coronel en realidad había encontrado una fabulosa ciudad perdida al estilo de El Dorado, o la entrada al mítico reino subterraneo de Akakor, y se habría quedado allí, bien por la fuerza o por propia voluntad.

En 1951 el brasileño Orlando Vilas contacta con los calapos y llega a fotografiar un cráneo que asegura corresponde al de Fawcett.

La leyenda de la misteriosa desaparición de Fawcett continuó viva durante décadas y hasta en fecha tan reciente como 1996 se organizó la última expedición conocida en busca de las huellas del coronel. Pero René Delmotte y James Lynch tampoco pudieron llegar muy lejos porque una tribu indígena les retuvo durante varios días amenazando con matarles. Al final pudieron salvar las vidas pero perdieron el equipo valorado en 30.000 dólares.

Después de setenta años de su desaparición, la jungla aún se muestra muy peligrosa para los que se aventuran a intentar seguir los pasos del intrépido y evanescente coronel Percy H. Fawcett, uno de esos hombres hechos de otra pasta, que en lugar de dedicar su existencia a huir de la inevitable muerte, prefirió enfrentarse a ella con honor y valentía.

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